Mi?rcoles, 31 de mayo de 2006
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Es sabido que en Correos llaman corrientemente estampilla a los sellos que utilizamos para el franqueo de cartas y paquetes. Suele reservarse la palabra ?estampita? para las reproducciones sobre papel de motivos religiosos en tama?o reducido. Aprovech?ndose de las creencias religiosas de personas inadvertidas o simplemente de su codicia, se daba el conocido ?timo de la estampita?, que no debe confundirse con el actualmente famoso en Espa?a ?timo de la estampilla?, aunque ambos tengan en causa com?n en la codicia y, a veces, en la ignorancia concomitante.

Que este timo haya entrado por la considerada noble puerta de la filatelia, que es, seg?n el Diccionario de la Real Academia Espa?ola, afici?n a coleccionar y estudiar sellos de correos (proviniendo del griego, de ?filo? y de otra palabra que se traduce por ?exenci?n de impuestos?), no var?a su causa, que para m? es de orden moral y econ?mico, sin que vaya yo a entrar en consideraciones jur?dicas, pues no podr?a mejorar las querellas presentadas por la Fiscal?a Anticorrupci?n contra AFINSA y contra F?RUM FILAT?LICO, presentadas ante el Juzgado Central de Instrucci?n Decano de la Audiencia Nacional el 21 de abril de 2006.

Quienes buscan amparo en los poderes p?blicos para resarcirse de la mengua de su capital invertido, usando y abusando de su condici?n de ?afectados?, debieran reflexionar m?s all? de sus inmediatos intereses y percatarse de que han actuado como ?afectadores?, pues afectaron su dinero y afectaron a terceros con su credulidad codiciosa en este timo piramidal del que no todos tienen que haber salido necesariamente mal parados.

Tiene el sistema econ?mico capitalista sus normas y mecanismos, que parecen ser aceptados, o acatados sin preocupaci?n por la mayor?a de quienes tienen derecho de voto en las democracias modernas. En Espa?a, por ejemplo, estas normas contemplan la inviolabilidad del Rey y su no sujeci?n a responsabilidad (art?culo 56.3 de la Constituci?n Espa?ola de 1978), sin que se manifiesten protestas airadas por ello. Este sistema contempla tambi?n la publicidad de las leyes a las que se somete el ciudadano, leyes que han sido aprobadas en las Cortes por los representantes votados por la ciudadan?a, no pudiendo arg?irse desconocimiento de las mismas, pues se publican oficialmente. Leyes, normas y mecanismos pueden conocerse y m?s por quien dispone de alg?n dinero, que siempre podr? recurrir al consejo profesional o a las orientaciones de las Organizaciones de Consumidores y Usuarios.

Los ?afectados? no lo ser?an si se hubieran conformado con recibir un modesto dos por ciento como retribuci?n de sus ahorros y los hubieran depositado en establecimientos del sistema financiero espa?ol (o de la ?zona euro?) supervisado por el Banco de Espa?a (o su equivalente de la ?zona euro?) y protegidos, hasta donde alcanza la cobertura del Fondo de Garant?a de Dep?sitos de la Banca o de las Cajas de Ahorro (20.000 euros por titular y entidad, y la misma cifra como inversor).

Queriendo el peque?o ahorrador −y no tan peque?o, en este caso de las estampillas, por las cifras que se manejan y por m?s que cada cual se considere peque?o a la hora de clamar su desgracia− gozar de mejor remuneraci?n de sus ahorros, debe asumir un riesgo, el riesgo de no obtener lo esperado o incluso el de perder lo puesto; no hace otra cosa, por poner un ejemplo extremo, cuando compra un billete de la loter?a. En la gradaci?n del riesgo est? el busilis, pero no se olvide que Adam Smtih, reconocido como el fundador de la econom?a y citado con gusto por los liberales −por aquello de la mano invisible que gobierna el mercado−, no hac?a concesiones al ser humano cuando escrib?a, en el a?o 1776, que ?El ?xito universal de las loter?as es buena prueba de que los hombres sobrevaloran sus posibilidades de ganar.? (Investigaci?n sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones. Primera edici?n en lengua castellana, 1988 oikos-tau, s. a.) Entre la loter?a y la seguridad absoluta de retribuci?n, el sistema financiero ofrece una amplia gama de posibilidades al ahorrador, con mayor o menor certidumbre, con mayor o menor inter?s y con garant?a total o parcial del capital invertido, pero es el ahorrador quien elige y de su cuenta deben correr las consecuencias mientras las Administraciones p?blicas cumplan con las leyes y no sean causantes directos del perjuicio.

Tiene el dinero su precio, cosa sabida al menos desde que Nicol?s de Oresme, obispo de Lisieux, escribiera su Tratado sobre el origen, la naturaleza, el derecho y las mutaciones de las monedas a mediados del siglo XIV. Hoy en d?a ese precio viene determinado por los mercados financieros internacionales y por los Bancos centrales de las principales econom?as, dependiendo destacadamente de las cantidades de ahorro acumuladas y de los proyectos de inversi?n y de su rentabilidad esperada, as? como del cr?dito concedido. A partir de ese precio de base, la seguridad, la liquidez y la rentabilidad (podemos incluir aqu? los efectos fiscales) se conjugan ofreciendo al ahorrador diversas oportunidades de inversi?n.

Hay quien cree que lo mejor es conservar su dinero en casa (liquidez inmediata, rentabilidad negativa como consecuencia de la inflaci?n y seguridad al albur de un robo). Otros aceptan pagar comisiones a cambio de la seguridad que supone su dep?sito en una cuenta en establecimiento bancario. Otros se aventuran a invertir en fondos de inversi?n colectiva, sin percatarse de que incluso en los de renta fija cabe perder dinero (de ah? la expansi?n de los fondos garantizados, aunque quepan dudas acerca de que su generalizaci?n, usando todos de las mismas coberturas, no acabe en insolvencia de alguno de los garantes). Los hay que, con fe ciega en el valor del ladrillo, ven imposible la p?rdida de valor en la compra de un piso o similar, aunque no faltan ejemplos de importantes desvalorizaciones que dan al traste con el capital de muchos propietarios −normalmente los ?ltimos en comprar−. Los hay m?s arriesgados que invierten en sociedades por acciones que cotizan en mercados organizados, a sabiendas de que pueden perder aquello que han invertido y que nadie les recompensar? por ello −y, de no saberlo, mejor ser?a que no anduvieran metiendo sus ahorros−. Y, por ?ltimo, aunque no hayamos agotado los casos, est?n los que llevados por la codicia o por creer en cuentos de hadas, acaban siendo timados.

No hay raz?n alguna para que la sociedad, a trav?s de los poderes p?blicos, compense a quien ha querido lucrarse sin tomar las debidas precauciones. Ning?n jugador puede solicitar ni que cambien las reglas del juego porque ?l haya perdido ni que se le restituya lo perdido. Aquellos que han invertido sus ahorros en bienes inmuebles no les cabe esperar compensaci?n alguna por desvalorizaci?n de los mismos cuando explota la burbuja inmobiliaria. No puede esperar el inversor en acciones que alg?n poder p?blico le restituya lo perdido.

En este timo de la estampilla se han concitado tres humanas debilidades: como motor, la codicia; como alimentador, la autocomplacencia transmutada en credulidad; y como coartada, la ignorancia.

FUENTE: www.rebelion.org
Publicado por Sparkles @ 12:55  | Gizartea / Sociedad
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